martes

Voy a casa muy temprano. Me abrís la puerta a porque no tenés alternativa, pero sin voluntad porque todavía no son ni las seis y podrías dormir unas horitas más. Te digo que estoy mal, que necesito un café y cien horas de calma. Me harás café, dicen tus labios pero que lo de la calma, uf, que ni vos mismo sabes qué es eso. Te sentás y me dedicas esa mirada. Yo te devuelvo una de las mías. No, que no es eso, que se te ha cambiado el color de los ojos, vuelven a decirme tus labios. Y yo no te creo, porque pienso que a vos también te dan de esos lapsus. Como me pasa a mí todos y cada uno de mis días (quizás por eso tengamos este diálogo)

continuas con tu discurso hasta pronunciar el nombre que no deseo oír. Finjo ignorarlo pero extraes de mi las palabras como si estuviera donando sangre. Hasta que me tengo que levantar porque siento vértigos. ¿Vértigo? No, vértigos. De los otros, que son los peores…

Vértigo de vivir en una ciudad sin sentido
Vértigo de sentirme sucio aún después de limpiar mi sombra
Vértigo de alquilar mi vida a diario
Vértigo de mentirte mientras te escribo
Vértigo de creer lo increíble

¿Querés que siga o me callo? Te reís en mi cara porque a vos pasa algo parecido, sólo que yo soy más histérico y no la “piloteo” como vos. ¿Y por qué no nos vamos de viaje? Vos y yo. Y olvidate por una temporada de tus males. De tus penas y de tus frases con exceso de puntos suspensivos…

No, un momento. Acepto lo del viaje pero me llevo los puntos suspensivos en la valija...

Y todos y cada uno de mis vértigos...

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